Gael se despertó de aquel sueño de forma repentina. Había tenido aquel mismo sueño desde hace varias semanas y nunca lograba encontrarle el sentido.
Un frío sudor recorría toda su cara mientras los primeros rayos de la mañana se encargaban de despertarlo. Se levantó despacio, como si nadase en el lodo de la más profunda charca, y se asomó de la ventana. Todo parecía como de costumbre.
Como siempre, hoy hacía neblina. La luz de [[Fel Asteri]], la estrella más cercana, comenzaba ya a iluminar los tejados de la ciudad. El campanario mayor, situado en el centro de la urbe, brillaba con aquella luz dorada y los grabados de la coronación de Lerón se podían observar entre las bajas nieblas que serpenteaban por los tejados.
Aquel campanario llevaba siglos siendo la guía de la ciudad y el paso del tiempo empezaba a hacer huella en sus paredes: las enredaderas de los árboles más cercanos se aferraban entre las grietas de la iglesia, buscando una salida para poder obtener algo de la luz que Fel Asteri proveía a la tierra.
«Esta visión nunca dejará de sorprenderme», pensó Gael. Una voz femenina lo reclamaba desde el piso de abajo y, aunque no lograba comprender qué era exactamente lo que decía, más o menos se lo podía imaginar: hoy era día de rezos.
Se vistió lo más rápido que pudo con sus ropajes de ribetes plateados y bajó al segundo piso, donde su hermana Ashid se estaba preparando de arreglar.
—Vamos tarde, Gael — La chica parecía enfadada. —Sabes perfectamente que no podemos faltar por mucho que te disgusten estos días. Además, el prodigador Tarel viene hoy. Me han dicho que han encontrado a otro brujo — hizo una mueca de disgusto antes de continuar vistiéndose.
—Lo siento, no era mi intención — Gael no terminaba de convencerle aquello de ir a la iglesia, pero desde que había cumplido los 26 asteris debía ir obligatoriamente. Era eso o despedirse de todo lo que conocía hasta ahora, y lo sabía.
—Vamos, es la hora.
Salieron a la calle juntos bajando por la pequeña escalera que separaba los cimientos de la ciudad de su pequeño hogar. Al contrario que en casa, las calles de la ciudad eran frías y empinadas debido a que la construcción de la propia ciudad se asentaba en el monte más cercano, coronado por los restos del gran palacio de [[Fir Kaûm]], destruido por los brujos de las ciudades del oeste hace unos cientos de años durante la última guerra santa. Los nuevos protectores de la ciudad se negaban por alguna razón a tocar aquellas ruinas, por lo que se había mantenido en el mismo estado que cuando acabó la guerra.
Conforme fueron avanzando calle abajo en dirección hacia el campanario mayor se fueron encontrando con cada vez más personas que debían asistir a los ritos religiosos que se organizaban cada vez que un prodigador llegaba a la ciudad. La mayoría de aquellas personas eran adultas, aunque algunos llevaban a sus hijos para comenzar a introducirlos en la fe lo antes posible, como el propio Lerón en sus escritos indicaba.
Mientras andaban, Gael observó una muchedumbre que se agolpaba en torno a algo o alguien. Miró a su hermana y vio en su cara una mueca de preocupación.
—No Gael, sigamos andando, por favor…
Las palabras de Ashid se perdieron en el camino. Gael ya se acercaba a la muchedumbre con curiosidad.
El grupo de personas se encontraba haciendo un pequeño círculo y en su interior se encontraba un chico de no más de 23 asteris, sujetando una pequeña daga cuyo mango y hojas se encontraban llenas de garabatos ininteligibles.
—¡Es un brujo! ¡Lo he visto lanzar sus maldiciones a uno de nosotros! — gritaba un anciano allí congregado.